CAPITULO 1

“No pasa nada.
¿Y si ese es el problema?”

Últimamente me he sentido mal. Pero si lo pienso bien… ¿antes de eso qué pasó?

Nada.

Desde que era pequeño me apartaba de las multitudes. Nunca me gustó estar rodeado de demasiada gente. En la escuela siempre fui el callado, el que no hablaba si no le preguntaban. No porque odiara a los demás, sino porque estar cerca de otros me agotaba más que estar solo.

Supongo que desde entonces ya cargaba con algo en mi interior. Una especie de peso invisible que se hacía notar sin que yo pudiera identificarlo claramente. No era un sentimiento definido ni una preocupación concreta, simplemente una sensación persistente que me acompañaba. Aunque no sabía qué era exactamente, estaba ahí, como una sombra sutil que me seguía a todas partes.

A veces me preguntaba si los demás sentían lo mismo: lo difícil de interactuar con otros, esa necesidad de espacio. Observaba a mis compañeros socializando con aparente facilidad, riendo y conectándose sin esfuerzo, mientras yo calculaba cuánto tiempo más debía permanecer en algún lugar.

Para mí no era extraño sentirme así. Quizá era tan persistente que me parecía lo normal, pero nunca encontré las palabras para explicarlo a alguien más. En algunos, este sentimiento nace de un evento; yo no sé qué sucedió conmigo.

Recuerdo cada una de las Navidades que pasé desde que tengo diez años. Mis padres y tíos cenaban, mientras mis primos jugaban en otro cuarto. Yo, en cambio, me refugiaba en una esquina, sin hacer nada, simplemente existiendo. Solo salía de ahí cuando iba al baño o tenía que saludar a la familia que iba llegando.

Todos los años fueron iguales. Al menos hasta los catorce,que comencé a sentarme en la mesa en silencio cuando mi familia comenzó a interesarse en mi vida amorosa. Yo no la tenía, no la deseaba, y a esa edad tampoco deberíamos esperarla. Eso siempre pensé.

—No te preocupes, ya llegará una niña que te haga sonreír —decían cuando respondía que no me interesaba nadie.

Ni siquiera me interesaba en mí mismo.

En cualquier lugar en el que estuviera, siempre me sentía observado ,como un animal atrapado en un zoológico: listo para ser la diversión de miles, sin posibilidad de hacer nada.

No crean que siempre he estado en la oscuridad. Hubo ocasiones en las que traté de dejar ese “yo” atrás. Intenté mantener una conversación, abrirme un poco. Pero la sensación de que todos estaban pensando en mí 
no de una forma que me agradara, sino como si me observarán como un fenómeno nunca me dejó en paz.

Uno de esos intentos fue con Sebastián. La primera vez que hablé con alguien desconocido fue con él. Estaba sentado en el pasto, junto a la entrada de la escuela. Dudé mucho si acercarme o no, pero cuando menos lo pensé ya estaba parado frente a él.

—Hola —dijo, sin apartar la vista del libro que estaba leyendo.
—Hola —contesté fríamente.
—¿Qué sucede? —preguntó, ahora mirándome.
—¿De qué?
—Nunca hablas con nadie y vienes conmigo de repente.

No supe qué responder.

—No lo sé, la verdad… ¿puedo sentarme? —pregunté, intentando que mi plan de socializar no se desmorone.
—Claro.

—¿De qué es? —pregunté, refiriéndome a su libro.
—Nada importante —dijo, cerrándolo. Supongo que para no perderse.

Me incomodó notar que me miraba con atención, como si esperara que hiciera algo. Y de repente sentí que de verdad estaba ahí: comencé a percibir el pasto entre mis dedos, el murmullo de la gente alrededor.

—¿Siempre estás aquí? —pregunté, aunque ya sabía que no era así.

—No. Recién empecé a estar aquí. Es más… tranquilo.

No entendía por qué le parecía tranquilo. Era la entrada de la escuela, pasaba muchísima gente, en el poco tiempo que llevábamos hablando lo habían saludado al menos ocho personas.

—¿Tranquilo? Esta es la entrada, creo que es todo menos tranquila.

No recuerdo el resto de la conversación, pero con el tiempo se nos unieron más personas. Al inicio éramos solo Sebastián y yo; después, fuimos Sebastián, Karen, Alex, George, Max, Cristian y yo.

Conforme el grupo crecía, yo me sentía más aislado. No porque fueran malas personas, sino por la ansiedad de no saber qué pensaban de mí. Así que, con el tiempo, me fui alejando. De estar todos los días junto a ellos , pasé a saludarlos de vez en cuando.

Después de todo siempre ha sido así , como si todo esto fuera mi vida , o si mi destino tratará de avisarme que mi estancia aquí sería tan efímera como el aleteo de una mariposa, tanto que no tendría tiempo de llevar conmigo el recuerdo de alguien.


—oye despierta.— dijeron para tratar de sacarme de mi mente
Era Karen que estaba frente a mi asiento.

—estas bien —. Dijo tratando de sacar conversación.

Yo estaba demasiado nervioso, no hablaba demasiado con ella así que no sabía qué decir 

—si claro — dije tan rápido como pude
—bueno, te he estado buscando para preguntarte algo.—
—oh , si.—
—El cumpleaños de Sebas es en dos semanas, no sé si sabías , pero estamos organizando una pequeña fiesta , si quisieras ir sería increíble.—

Es cierto, lo había olvidado por completo.

—¿Es obligatorio ir? —. Pregunté en tono burlesco, el cual no se me da bien y creo que piensa que me cae mal.

—no, pero… además necesito tu ayuda para elegir su regalo, has estado con él más tiempo que yo y creo que lo conoces mucho mejor que cualquiera de nosotros.—

—lo siento estaba bromeando, claro, ire.—

—esta bien, te veo en el descanso.—
 
Después de tres clases me reuní con los chicos, aprovechamos que seb no había ido ese día y nos reunimos en una de las jardineras.

Mientras Karen y yo platicamos sobre cuál sería el mejor regalo , Max y Alex planeaban en dónde sería la fiesta, George y Cristian escribían cada detalle de que habría en ella, lo que compraremos y que se haría, juegos, bebidas y demás.

Tardamos un poco más de lo que creímos. Cristian anotó en una hoja lo que teníamos que hacer ese día y lo que necesitaba comprar.

Al regresar a clases nos despedimos y cada quien regresó a su rutina.
Yo necesitaba conseguir algunos adornos nada más.

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