CAPITULO 2
“un silencio también puede ser un llamado de auxilio”
Hay veces en las cuales mis pensamientos comienzan a dominar mi cabeza, ahí es donde mis manos empiezan a expresar lo que mi mente no puede.
Miles de pensamientos cruzan mi mente pero solo algunos logran salir intactos al papel
“Cada día en mi vida es un reto, desde despertar hasta la hora de dormir”
“desde cuando soy así?”
Las letras son lo único que necesito para expresarme
*El papel es un lienzo en el cual puedo hablar sin lastimar a nadie, gritar sin hacer ruido alguno, tener un desastre perfectamente organizado, es donde puedo ser yo mismo*
Desde los 12 tengo una libreta la cual no usaba hasta hace unos meses, que decidí plasmar todo ahí
Cada pensamiento, cada sentir del día.
solo lo hacía en casa, sentía que era algo tan íntimo como para compartirlo con los demás, aún así no hubiera nadie a quien mostrarle.
El día que estábamos organizando llevé esa libreta a la reunión, pero cuando regresé a casa me di cuenta que ya no la traía conmigo , la había perdido.
Estaba demasiado preocupado, pero me trataba de tranquilizar pensando en buscarla al día siguiente.
El día de la fiesta era un viernes, el día perfecto para pasarla bien en compañía de amigos sin preocupaciones al día siguiente.Eso creí.
La semana de la fiesta estaba indeciso si asistir, se que había dicho que si a Karen, pero no sabía cómo regresar, no había hablado con él hace meses, fue muy incómodo estar con los chicos después de que me haya distanciado, además, no podía dejar de pensar en mi libreta y como encontrarla.
Cada que pasaban me sonreían tratando de ocultar la sorpresa, aunque creí que seb ya se había dado cuenta de que algo guardaban.
El día de la fiesta , Karen me escribió que necesitaba ayuda. Así que fui a casa de sebas para ayudar.
Su casa es un poco grande, aunque la gente dice que parece mansión pero no es así, mi parte favorita de ella siempre fue su jardín
Cuando llegué estaba sentada en la entrada de la casa, cabizbaja, al acercarme le pregunté qué sucedía
—necesitamos ayuda adentro.— dijo señalando dentro
Al entrar ví que en la sala estaban todos esperando a que llegara.
—¿Qué sucede?.—pregunté un poco desconcertado.
Hubo un silencio hasta que en la mesa ví una libreta, mi libreta.
—no sabemos por dónde comenzar y hay muchas cosas que hacer, así que le dijimos a Karen que te hablara para ayudarnos.—
—ok— dije y de inmediato nos comenzamos a organizarnos
Cuando estaba hablando con Cristian sobre qué podía hacer llegó Alex.
— creo que esto es tuyo.— dijo extendiendo su mano con dos libretas, la mía y otra color rojo
Me sorprendió la tranquilidad con la que hablo. ¿por qué la tendría Alex?.
—la encontré aquel día que nos organizamos, pase rápido por las hojas y vi que está casi lleno así que conseguí una nueva.—
Recibí ambas y trate de dejar de lado la idea de que la haya podido leer.
Después de que Cristian y yo terminaríamos de poner algunos globos y letras en grande que dicen “feliz cumpleaños” comenzamos a ayudar a Alex con las bebidas, había comprado dos cajas de alcohol, Karen y George preparaban las botanas en la mesa principal, solo faltaba el pastel, el cual me ofrecí a recoger y Cristian me acompañaria.
Al regresar esperamos un poco a qué llegaran más amigos que habían invitado, parecía que toda la escuela estaba ahí.
La música comenzó a escucharse desde el fondo de la casa, mezclándose con las risas de los invitados que iban llegando. No recordaba la última vez que había visto a tantas personas reunidas en un solo lugar. Tal vez nunca lo había hecho.
Mientras Karen se aseguraba de que todo estuviera listo ví como Alex se reía con Cristian por algo , yo me quedé de pie junto a la ventana mirando a la entrada de la casa , observando las luces colgadas entre los árboles. Parpadeaban en tonos cálidos, como si cada una intentara imitar una estrella. Pensé que se veían mucho más reales que las del cielo.
Por un momento, olvidé que no me gustaban las fiestas. Olvidé por completo sobre el miedo que tenía al reencontrarme con Sebastián. Me quedé mirando cómo la gente bailaba, cómo los grupos se formaban sin esfuerzo. A veces envidiaba esa facilidad que tenían los demás para encajar, para moverse como si pertenecieran al lugar.
—¿Estás bien? —me preguntó George, acercándose con dos vasos de lo que claramente era alcohol.
—Sí —respondí, aunque ni yo lo creí
—No te ves muy convencido —dijo, entregándome uno de los vasos.
—Solo estoy un poco incómodo.—tomé un sorbo e hice una cara de disgusto, aunque no del todo.
—no eres de ir a fiestas, ¿no? —sonrió—. parece que no perteneces a esta vida.
Me encogí de hombros
El volumen bajó de repente, y todos gritaron cuando Sebastián entró al salón. La sorpresa había funcionado: estaba demasiado feliz de vernos reunidos por él. Todos corrieron a abrazarlo, aplaudían, reían, le deseaban feliz cumpleaños. Yo me quedé en un rincón, observando la escena con una mezcla extraña de alegría y pena por no saber qué hacer. Me alegraba por él, pero no podía evitar sentir que era un espectador más de una película de la cual no era parte.
Karen me hizo señas para acercarme, pero fingí no verla. Me limité a seguir bebiendo pequeños sorbos de mi vaso, buscando nerviosamente qué hacer con mis manos ni a dónde mirar
Cuando la música cambió a algo más lento, decidí salir al jardín. El aire fresco me golpeó la cara y cerré los ojos por un instante. Respiré profundo, intentando que el ruido de adentro se disolviera.
Hubo algo esa noche , algo que me hizo pensar demasiado. El olor a tierra húmeda, las luces titilando en la distancia, el murmullo de conversaciones lejanas. Todo eso me recordaba lo poco que encajaba en los lugares llenos de gente.
Me senté en una de las sillas vacías y miré al cielo. No había luna, solo algunas nubes que se movían lento deseando ir más rápido, como si también quisieran irse.
“Quizá debería haberme quedado en casa”, pensé. Pero luego recordé la libreta. Estaba en una mesa dentro, sentía una punzada en el estómago cada vez que lo recordaba. Era como si una parte de mí estuviera expuesta ante todos, aunque nadie la notará por completo.
Me quedé ahí un rato, escuchando la música amortiguada por las paredes hasta que la puerta del jardín se abrió detrás de mí.
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